lunes, 26 de septiembre de 2016

ZAPATOS CON PUNTA DE ACERO


Mi jornada laboral termina normalmente cuando al llegar a casa, puedo por fin quitarme esos pesados zapatos de punta de acero y comienza de igual modo cuando me los pongo por la mañana para ir al trabajo, mi horario durante años ha sido el de entrar en la fábrica a las 6 de la mañana, así que al vestirme ya me pongo directamente el pesado calzado, voy al baño, un café rápido con galletas y salir pitando; pero desde que hago un horario partido de nueve y media de la mañana a seis de la tarde, la cosa cambia, me levanto con algo más de tiempo, me visto y todavía con chanclas o babuchas (dependiendo de la época del año), me hago mi desayuno, café (que no falte) y tostadas, meto el almuerzo en la bolsa, lo que toque comer ese día (normalmente un bocadillo) acompañado de alguna pieza de fruta y en el cuarto de hora que me queda, repaso el facebook o leo, casi prefiero lo segundo, ya sea un novela o un cómic, hasta que llega la hora y entonces introduzco los pies en el pesado calzado, dando así comienzo a mi jornada laboral, cojo la bolsa del almuerzo y salgo de casa. Probablemente para mis jefes mi jornada empieza cuando estoy en una máquina y para ellos que suelen quitarle importancia al tiempo de preparación del puesto de trabajo, me están cobrando de más, pero para mí, que tengo que añadir poco más de una hora y veinte minutos a las ocho horas de la fábrica, unos cuarenta minutos de ida otros tantos de vuelta y eso, sin entretenerme para realizar alguna compra urgente, lo que marca mi tiempo de trabajo, son esos pesados zapatos de punta de acero.

Jotacé

lunes, 8 de agosto de 2016

ENCERRADO (TSUTSUMA REMASHITA)


                                                                                                                                                 La mujer, subió despacio las escaleras; con cuidado, para evitar tirar la bandeja de comida que llevaba en las manos. Una lágrima se desprendió de su rostro, todavía joven, a pesar de la tristeza que transmitía; anduvo unos pasos por el pasillo hasta una puerta, junto a la cual, dejó la comida, para golpear con sumo cuidado.                                                          
─ Kenji hijo, aquí te dejo la comida ─ le informó a su hijo, para retroceder cabizbaja, enjugándose las lágrimas y murmurando ─ este hijo mío. ¿Cuándo se decidirá a salir?                                                                                                                                 
La puerta del pasillo se abrió, dejando ver el rostro del adolescente, que mira un momento al exterior, para coger la bandeja y volver a cerrar inmediatamente. La mujer se giró un momento, pero ya era tarde para ver a su hijo.                                                           
─ ¿Sigue sin querer salir a comer? ─ preguntó el marido de la mujer.                       
─ ¿Qué haremos con este hijo nuestro? Desde que tiene ese chisme nunca lo vemos ─ se lamentó la mujer.                                                                                            
─ Deja de llevarle la comida y verás cómo termina saliendo.                                                                                                                                                                                                             
En la habitación, Kenji se sentó frente al ordenador con el bol de comida en la mano; en la pantalla el rostro de una chica de ojos y pelo negros lo miraban mientras comía.                                                                                                                      
─ ¿Qué comes, está bueno? ─ preguntó la chica al otro lado de la pantalla.                                                                                                                              
─ Fideos y sí, muy ricos…                                                                                                
─ Que suerte, yo hace tiempo que no como nada.                                                           
─ Te ofrecería pero… ¿Hace tiempo? ¿Qué quieres decir con eso?                
─ ¿Quieres que te lo muestre? ─ preguntó la chica sonriendo.                             
De pronto la imagen pareció distorsionarse en la pantalla, se agrandaron tanto los ojos como de la boca, la cual abrió para mostrar unos afilados dientes y una alargada lengua que salió no solo de aquella abertura negra, también de la pantalla del ordenador. Kenji se calló de la silla, derramando la comida en el suelo; los brazos alargados brazos de aquel extraño y pálido ser en que se convirtió la chica también salieron de la pantalla. Kenji corrió la puerta e intentó abrirla sin ningún resultado.                                                                                                          
Al día siguiente, la madre de Kenji volvió a subir las escaleras cabizbaja y preocupada como siempre, pero con las manos bacías.                                                  
─ Kenji hijo, baja si quieres comer algo, hace tiempo que no te vemos.                    
Al ver que su hijo permanecía en silencio, la mujer pego la oreja a la puerta.                                                                                                                          
─ ¡¿Queréis dejarme en paz?! ─ gritó Kenji al otro lado de la puerta.                       
La pobre mujer bajo las escaleras visiblemente asustada.                                          
─ ¿Qué ocurre? ¿Sigue sin querer salir? ─ preguntó su marido, la pobre mujer asintió entre lágrimas ─. Tranquila, déjalo y ya verás cómo terminará saliendo.                                                                                                                        
Pasó un día, una noche y otro día sin que el hijo diera señales de vida. A la siguiente noche, la mujer despertó creyendo escuchar la puerta y ruido de pasos; zarandeo a su marido y este al oír también los ruidos, le sonrió haciéndole un gesto para que permaneciera en silencio, la abrazó hasta que cesaron los ruidos. Al día siguiente, lo que extrañó a la mujer era que todo seguía en su sitio en la cocina, aparentemente nadie había entrado. La mujer se lo hizo notar a su marido, pero este le restó importancia. Durante todo ese día, mientras su marido trabajaba, la mujer tuvo la extraña sensación de ser observada, sin embargo su hijo seguía sin dar señales de vida, subió nuevamente las escaleras y pegó la oreja en la puerta del cuarto de su hijo, donde escuchó como su hijo hablaba con alguien, una voz femenina, probablemente a través del ordenador. “Cuidado, nos está espiando otra vez”. La mujer bajó nuevamente las escaleras corriendo, temiendo ser descubierta. Esa noche desoyendo el consejo de su marido, la mujer volvió a dejar un tazón con comida junto a la puerta de su hijo y permaneció despierta, atenta al menor ruido; en un momento dado creyó escuchar una respiración junto a su cama, se incorporó abriendo los ojos y mirando a su alrededor, pero al único que llegó a ver fue a su marido junto a ella, si hubiera mirado hacia arriba, habría visto colgada del techo, a cuatro patas, una figura pálida de ojos y pelo negro que con la cabeza girada 180 grados la miraba fijamente.                  
A la mañana ya con su marido fuera, mientras se daba una ducha, le pareció ver a través de la mampara como una extraña figura la observaba.                
─ ¿Kenji, eres tú? ─ preguntó asomando la cabeza sin ver a nadie.              
Sin embargo, al cerrar nuevamente la mampara, volvió a tener la misma sensación de aquella noche, sintiendo a su espalda una fría respiración, se dio la vuelta asustada, pero sin ver a nadie. Al salir por fin de la ducha, vio el suelo mojado, como si las gotas de agua hubieran caído del techo, se enrolló una toalla alrededor del cuerpo y siguió las gotas de agua por el pasillo, las escaleras y la puerta de su hijo, junto a la cual, seguía el bol de comida de la noche anterior intacto, si se podía decir que así, ya que en su interior podían distinguirse algunos gusanos moviéndose entre la comida. La mujer intentó abrir la puerta sin éxito, llamando a su hijo, que permanecía en silencio, nerviosa volvió a bajar las escaleras y cogió el teléfono, pero no daba señal, luego fue al dormitorio y buscó su móvil, con idéntico resultado. Asustada, salió del dormitorio y se dirigió a la puerta, sin vestirse siquiera.                                                          
─ ¡¿Mama, estás ahí?! ¡Tengo hambre!                                                                                
La mujer se giró para ver en el pasillo de arriba la puerta de la habitación de su hijo entre abierta.                                                                                                              
─ ¿Ke-kenji? ─ preguntó mientras volvía a subir las escaleras, temblorosa.                    
─ ¡Mama, tengo hambre!                                                                                                  
La mujer empujo la puerta despacio, el reguero de agua aún seguía allí y vio a su hijo de espaldas a ella, sentado frente a la pantalla del ordenador, inmóvil.                          
─ ¿Kenji? ─ murmuró, acercándose a él muy despacio.                                          
Al girar la silla vio a su hijo con la piel seca, prácticamente momificado y sin ojos. La mujer gritó aterrorizada.                                                                                           
─ ¡Mama! ¿Dónde estás? Tengo hambre ─ la voz de Kenji había salido del ordenador y en la pantalla podía ver el rostro pálido y sin ojos de su hijo, llamándola desesperado.                                                                                                             
La mujer tropezó con algo que la hizo caer de culo al suelo; una gota de agua le cayó en el rostro y al mirar hacia arriba podo ver al fantasma. Apenas tuvo tiempo de soltar un grito de terror antes de aquél ser saltara sobre ella.                
Justo a esa misma hora, su marido recibía una llamada en el móvil, de su mujer, la llamada se cortó antes de que lograra contestar y nadie cogió el teléfono al devolver la llamada. Asustado de que hubiera ocurrido algo en casa, cogió el coche y se marchó a toda velocidad. En un momento dado al mirar en el espejo retrovisor, vio el rostro del fantasma en el asiento de atrás, asustado se giró para comprobar que era el único ocupante del vehículo, girando sin proponérselo el volante y desviando el coche hacia el carril contrario y chocando trágicamente con un camión al que le fue imposible esquivar.                                                                                                                                                           
Jotacé.  

lunes, 1 de agosto de 2016

(RIÔKO) ENCIERRO VOLUNTARIO.


                                                                                                                                                                                                                                                                   
La mujer sube las escaleras despacio con una bandeja en las manos, llega frente a la puerta del dormitorio de su hijo, donde un letrero le prohíbe el paso.                    
─ Kenji, te traigo la comida, cariño. ¿Por qué no sales de la habitación? ─ pregunta la mujer llamando a la puerta.                                                                               
─ ¡No! ¡Déjame en paz!                                                                                                   
La mujer deja la bandeja en el suelo y baja las escaleras, cabizbaja y lamentándose por el comportamiento irascible de su hijo.                                                      
Poco después Kenji asoma la cabeza por la puerta, asegurándose de que su madre se ha marchado y recoge la bandeja del suelo, cerrando nuevamente la puerta. La habitación es un desastre, con la cama deshecha, una pequeña montaña de ropa sucia en el suelo, algún poster de alguna chica ligera de ropa y de algún video y barios mangas y cómics, entre los que tal vez podemos ver algún kchulu.                                                          
Kenji, se sienta en el escritorio, frente a la pantalla del ordenador, al otro lado de la cual, vemos la habitación que por la decoración parece la de una chica, aunque en ese momento está vacía. Kenji suspira, pensando que la chica todavía no ha regresado y empieza a comer.                                                         
─ ¡Ya estoy aquí! ─ exclama una voz en los altavoces de su ordenador, ahora al otro lado de la pantalla vemos el angelical rostro de una chica de rasgos orientales.                         
─ ¡¿Riôko, dónde estabas?! ¿Por qué has tardado tanto?                                             
─ Preparándome algo de comida, no todos tenemos la suerte de tener una madre que nos la haga ─ contesta la sonriente chica enseñándole un bol de comida similar al suyo ─. Además, yo tengo una vida fuera de estas paredes ¿sabes? Deberías salir más, tal vez podríamos quedar en algún sitio.                                   
─ Riôko, no empieces tú también como la pesada de mi madre… Aunque se me ocurre, una idea, ya que eres una chica de mundo, podrías venir a verme.                                     
─ ¿Yo? ¿A tú casa? ¿Con lo desordenada que la tienes?                                            
─ Mujer eso tiene arreglo.                                                                                                
─ No sé, tanto esfuerzo necesitaría una recompensa… déjame pensarlo.                   
─ Tranquila, limpiaré la habitación.                                                                               
─ Eso no tonto, aunque espero que lo hagas. Otra cosa…                                      
─ Lo que quieras.                                                                                                             
─ ¡Ya sé! ¡Que luego me acompañes a dar un paseo!                                               
─ ¡¿Un paseo?! ¡Pídeme cualquier cosa menos eso! ─ Exclamó Kenji asustado.                                                                                         
─ ¿Tanto miedo tienes? ¿Qué tengo que hacer para sacarte de tu encierro? ─ pregunta Riôko desafiante.                                                                                        
Kenji la mira suspicaz y pensativo, luego sonríe malicioso.                          
─ Enséñame las tetas.                                                                                                     
─ ¡Serás guarro! ─ grita ella enfadada                                                                  
─ ¿Quieres que salga o no?                                                                                          
Riôko lo mira furiosa y luego empieza a subirse muy despacio la camiseta, dejándola en un lado, para hacer lo mismo con el sujetador, dejado ver sus pechos perfectos.                                                                                                             
─ Y… y… ahora el resto de la ropa, quiero verte completamente desnuda.                                                                                                                              
─ ¡Dijiste solo…!                                                                                                                
─ ¡¿Quieres que te acompañe a dar un paseo o no?!            
─ Riôko obedece de mala gana, quedándose completamente desnuda ─. Vamos, ahora date la vuelta, quiero verte bien.                                                                                          
La chica, muy seria acata la orden de Kenji, al cual se le salen los ojos de las órbitas, una vez ha terminado de dar la vuelta, se acerca a la pantalla del ordenador hasta que su rostro ocupa toda la pantalla.                                                         
─ ¡Pasaré a buscarte a las siete! ¡Más vale que cumplas o te sacaré yo misma a rastras!                                                                                                                             
Kenji recoge su habitación y se da una ducha, masturbándose mientras piensa en su encuentro con Riôko. Quiere volver a encender el ordenador para jugar una partida de algo, pero no tiene tiempo, la hora se le echa encima y los nervios le comen por dentro, tal vez pueda convencerla de quedarse en casa, dejando el paseo para otro día. Oye el timbre de la puerta, sabe que es ella y espera impaciente, suena un golpe en la puerta y Kenji abre apresuradamente sin esperar más, pero para su sorpresa a quien se encuentra es a su madre.                   
─ Una chica te espera en la puerta.                                                                              
─ ¡Pues dile que suba!                                                                                                
─ Ya se lo he dicho, pero me ha contestado que tienes que cumplir tu promesa.                                                                                                                          
El corazón le late a mil por hora, Kenji baja las escaleras, despacio, tal vez si se asoma a la calle, pueda convencerla, la luz del exterior entra por puerta entre abierta, tembloroso la abre, pero el portal está desierto, incrédulo se gira hacia su madre.                                                                                                                    
─ ¿Don… dónde está?                                                                                                    
─ Riôko nunca ha existido, era un avatar para convencerte de que salieras de tu encierro… pero afuera te espera una chica como ella… mejor, que ella, real.                        
Kenji, furioso se lanza contra su madre, caen los dos al suelo y la estrangula con rabia, cuando se da cuenta de lo que ha hecho, sube las escaleras de dos en dos y se vuelve a encerrar en su habitación, echándose en la cama llorando.                                                                                                                               
─ ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué?                                                      
─ Me dijiste que saldrías conmigo a dar un paseo kenji, rompiste tu promesa ─ sentencia una voz que viene del ordenador.                                                        
Kenji alza la cabeza y mira hacia arriba para ver a la chica en la pantalla del ordenador.                                                                                                                             
─ Me mentiste Kenji, rompiste tu promesa.                                                                 
 Asustado, Kenji sale de la habitación, al fondo de las escaleras está el cuerpo inerte de su madre, él comienza a bajar despacio.                                                           
─ ¡Mentiste! ¡Rompiste tu promesa…! ─ sigue repitiendo la voz que sale de la habitación.                                                                                                                           
─ ¿Mmmadre? ─ el cuerpo empieza a alzarse, como si una fuerza extraña tirara de ella hacia arriba, los pelos enmarañados le cubren el rostro inclinado hacia abajo ─ ¿Eres tú? ¿Estás bien?                                                                     
─ Mentiste…─ responde su madre, que al alzar la cabeza, desvela el rostro de la chica, ahora pálido como la muerte y sonriendo con una terrorífica mueca ─…rompiste tu promesa.                                                                                              
Kenji, asustado, da media vuelta y empieza subir otra vez las escaleras, pero el fantasma le está esperando y cuando lo ve, de la impresión, cae hacia atrás, escaleras abajo, a duras penas logra levantarse y abrir la puerta que da a la calle, donde ha de taparse el rostro, cegado por la luz del atardecer se tapa el rostro dudando un momento, siente como una mano se posa en su hombro.                  
─ Ahora ya es tarde ─ susurra la voz de la chica a su espalda.                               
Kenji, cojeando se aleja de allí a toda velocidad.                                                                                                                                                                             


EPÍLOGO:                                                                                                                           

Un año más tarde, Kenji esta irreconocible, vestido con harapos, una espesa barba, una cochambrosa barba le tapan su demacrado rostro y le pide limosna a una mujer de una cierta edad, la cual lo ignora, cargada como va con las bolsas de la compra; la mujer llega a su casa, deja las compras en la cocina y prepara la cena. Minutos más tarde, la mujer sube unas escaleras, cargada con una bandeja con comida, que deja junto a la puerta cerrada de una habitación.                                                                                                             
─ ¡Kato cariño! ¡Sal al menos a buscar la comida! ─ suplica la mujer, golpeando la puerta                                                                                                               
─ ¡Ahora no puedo! ¡Déjala ahí!                                                                         
En el interior de la habitación vemos a un chico gordo sentado frente a la pantalla de su ordenador.                                                                                                                  
─ ¡Que suerte! Tu madre te trae la comida ─ dice una voz que sale de la pantalla de su ordenador.                                                                                                        
─ ¿Y cómo dices que te llamas? ─ le pregunta Kato                                                           
─ Riôko ─ contesta la chica al otro lado de la pantalla.                                                                                                                                                                                                                                                                                 Jotacé.  17/04/2016

lunes, 16 de mayo de 2016

EL PELOTÓN.


A continuación la historia escrita para el concurso de relatos breves organizado por el diari de Tarrassa.

Con la vista al frente, en posición de firmes junto a sus compañeros, el joven soldado miraba a los condenados, cabizbajos y maltrechos tras horas de penuria y tortura; el capitán leyó los cargos; al viejo maestro y a su joven hija, de la misma edad que el soldado, se les acusaba de traición, difundiendo ideas subversivas y contrarias al nuevo régimen; junto a ellos un chico de apenas catorce años, el mayor de su clase por sublevarse ante la injusta detención y el padre del muchacho, acusado por intentar atentar con sus propias manos, contra la vida del capitán cuando este ignoró sus suplicas.                                                
─ ¿Un último deseo? ─ preguntó el capitán a los condenados.                          
─ Perdónales a ellos, son muy jóvenes, tienen toda la vida por delante ─ suplicó el maestro, señalando con la cabeza a su hija y a su alumno.                                  
─ Por eso mismo son peligrosos; además, servirán de ejemplo ─ contestó fríamente el militar.                                                                                      
Les vendaron los ojos; el capitán se echó a un lado y el sargento dio la orden de apunten. El soldado empezó a temblar, su corazón latía a toda velocidad y volvió a bajar el fusil; el sargento se acercó a él furioso y empezó a increparle.                                   
─ ¡¿Es que prefiere unirse a ellos?! ─ le gritó señalando a los condenados.            
El soldado con lágrimas en los ojos, tragó saliva y volvió a subir el fusil, el sargento dio media vuelta complacido, pero antes de llegar a su puesto, el soldado desvió el fusil y disparó contra él, que calló en el suelo muerto; el capitán se apresuró a sacar su arma de la cartuchera, pero un certero disparo le dio de lleno en el corazón. El joven soldado miró al compañero que había disparado a su superior, salvándole la vida.                                   
Los demás soldados bajaron las armas, respirando aliviados y soltaron a los cautivos.                                                                                                                                  
─ ¿Por qué? ─ preguntó el viejo maestro.                                                             
─ Si hemos de convertirnos en asesinos, nosotros elegiremos a nuestras víctimas.


Jotacé.

lunes, 9 de mayo de 2016

EL MONSTRUO


(A continuación, el relato que envié al concurso literario organizado por la librería Skalibur, inspirado en uno de los capítulos de Misterios Nocturnos, publicada en este mismo blog).

Carecía de conocimientos informáticos, tampoco navegar por las redes era lo suyo, apretando la tecla equivocada, como si de un virus se tratara, apareció aquella página llena de fotos, con adolescentes, niños y niñas de pálida desnudez, sometidos por perversos adultos. Aquel contenido era ilegal y lo sabía, pero inevitablemente se sintió atraído por aquellas imágenes, que desfilaban en la pantalla de su ordenador. Esa noche en la cama, las turbadoras y excitantes imágenes seguían en su cabeza.              
A la mañana siguiente, desconociendo como trabaja la ley y temiendo ser descubierto por la policía, cogió un martillo de su caja de herramientas y destruyó el ordenador con una rabia inusitada. Algo había cambiado había en él para siempre; aquella fue la primera manifestación del monstruo asta entonces dormido en su interior y aunque intentó volver a su vida normal sin pensar en aquel incidente, al salir a pasear por las tardes, su mirada siempre se detenía en los niños, a la salida de los colegios, o cuando jugaban en el parque, los veía de otra manera; el monstruo estaba ya estaba al acecho y esperaba con hambre para volver manifestarse.           
Esa mañana salió antes del trabajo para  realizar un par de gestiones en el banco; el cielo estaba totalmente encapotado, como oscuro presagio de lo que estaba apunto de ocurrir. Sin pretenderlo se quedó mirando a un grupo de cinco niños de entre doce y trece años, haciendo pellas, sentados en el banco de un parque. Al darse cuenta de su presencia, lejos de asustarse, empezaron a insultarlo, e incluso a tirarle piedras. La rabia le consumía mientras huía a su coche. Dolorido y humillado, llamó al trabajo para decirles que esa tarde iría directo a su casa, alegando encontrarse enfermo. Siguió a los chicos a cierta distancia, siempre encubierto por el anonimato y la seguridad que le daba el interior de su vehículo. Los oscuros nubarrones adelantaron la llegada de la noche y la lluvia que empezó a caer cada vez más intensamente. La gente se retiró pronto a casa y aquel grupo de aprendices de macarras, terminó dispersándose para ir cada uno a su casa. Siguió al que parecía el líder, un chico alto de unos catorce años, con una sudadera roja con la capucha puesta y la cabeza baja para evitar que el agua le entrara en los ojos; apenas vio al hombre esperándolo en la desértica calle.           
Por fin había dejado al monstruo libre y este atacó violentamente al chaval, dejándolo inconsciente; lo maniato y lo metió en el maletero, para llevarlo lejos, a algún lugar donde poder hacerle todas las perversiones inimaginables. Cuando terminó con el chico, lo metió en un gran saco negro como la noche y lo arrojo a un foso preparado para los cimientos de un centro comercial, que se construía en las afueras; nunca lo encontrarían. 
Esa noche el hombre llegó a su casa, cansado, empapado y temblando de frío. Las imágenes volvieron a su cabeza, por un lado tenía una extraña sensación de poder y por otro el pánico de ser descubierto. A la mañana siguiente, nadie se extraño en el trabajo cuando lo vieron aparecer, tosiendo, moqueando y con síntomas de fiebre. “Tendrías que haberte quedado un día más en cama” le dijeron; nunca sospecharon nada.                    
Durante algún tiempo vivió temiendo la visita de la policía y pudo mantener al monstruo encerrado en su jaula mental. Dos años más tarde durante unas vacaciones, se le volvió a presentar una nueva ocasión de dejarlo suelto; lejos de casa, sin ningún conocido cerca, quien sospecharía nada. Siempre había sido capaz de pasar inadvertido ante todos.                           
Poco a poco, a medida que cometía sus crímenes, empezó a sentir más seguridad en si mismo.                                              
Dejaba pasar siempre un tiempo antes de dejar suelto al monstruo, eligiendo a sus víctimas en localidades alejadas de su vivienda y trabajo; adoptando falsas identidades, alquilando coches y buscando las perfectas coartadas, por si algún día se presentaba la policía.                               
Aquella semana era especial, se cumplían cinco años desde el primer asesinato y alegando ir a visitar a un pariente enfermo, en la otra punta del país, consiguió una semana libre. Preparó una de sus falsas identidades y pagando siempre en metálico; un tren le llevó lejos de casa. Alquiló una habitación en una pensión barata donde no harían preguntas y sus preparó sus herramientas habituales, los juguetes con los que tanto disfrutaba el monstruo. Durante toda aquella semana deambulo alrededor de parques y escuelas buscando a la víctima perfecta, pero la semana fue transcurriendo sin la oportunidad esperada. El monstruo atrapado en su interior, rabiaba de impaciencia.                                                 
Para su enorme frustración el penúltimo día de sus improvisadas vacaciones, transcurrió sin ver aparecer a su víctima. Ningún niño parecía haberse escapado del colegio y los padres, esperaban a la salida, siempre pendientes de ellos incluso en los parques permanecían atentos, como presintiendo el acechante peligro. Ni tan siquiera los más mayores estaban solos. El cielo se oscureció precipitando la noche, apenas interrumpida por lejanos relámpagos. Por fin grandes gotas de agua empezaron a caer del cielo, dejando las calles desérticas. El hombre, decepcionado, decidió regresar a la habitación alquilada de su pensión, conteniendo la rabia de su interior. Al pasar por una parada de autobús vio a aquel niño solitario, debía tener unos ocho años, por su tamaño, la capucha de su abrigo rojo, le cubría el rostro. El monstruo dio un frenazo y retrocedió hasta donde estaba el pequeño, abrió la ventanilla del coche y preguntó si estaba solo, el niño asintió. El hombre y el monstruo sonrieron al unísono invitando entrar al pequeño en el vehículo, este encogió los hombros se levantó y entró dócilmente. A todo lo que el hombre le preguntaba el niño siempre contestaba encogiendo los hombros, negando y afirmando con la cabeza gacha, siempre cubierta por su capucha. El hombre alegando conocer un atajo, se alejo de la población, el niño permaneció en silencio, sin moverse ni protestar, aparentemente confiado. Durante toda aquella semana, el monstruo había estudiado el terreno con sumo detenimiento, encontrando el lugar idóneo para su crimen en un ruinoso y abandonado caserón, lejos de miradas indiscretas. Desde que el niño subió al coche, el monstruo ya había puesto el seguro de la puerta para evitar que escapara.                                
Ha llegado la hora de jugar, déjame ver tu angelical rostro ─ dijo el monstruo sonriendo perverso mientras le  quitaba la capucha.                                                                                                       
Un rayo iluminó la noche para dejar ver el rostro pálido de un anciano de más de cien años. La impresión fue demasiado grande para el hombre, por un momento quedó paralizado por el terror. El anciano enano se lanzó sobre su garganta antes de que el trueno resonara, contestando al relámpago.
Satisfecho, aquel extraño ser se retiró un poco y el hombre vio como el rostro anciano se transformaba en la sonrosada y angelical cara del niño que creyó haber recogido.


Jotacé.